Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —No, señor Clawbonny —le respondió el contramaestre—, no hay que pensar en eso, no hay una pieza de madera intacta de la que se pueda sacar partido; todo lo que hay no sirve más que para calentarnos algunos dÃas, y después…
—¿Después, qué? —dijo el doctor.
—¡Después, Dios dirá! —respondió el bravo marino.
Terminado el inventarÃo, el doctor y Johnson fueron a buscar el trineo. Engancharon a él los pobres perros rendidos de fatiga, volvieron al teatro de la explosión, cargaron aquellos restos tan escasos, pero tan preciosos, y los condujeron cerca de la casa de hielo. Después, medio helados, se sentaron junto a sus compañeros de infortunio.
