Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Oh! ¡Johnson! ¡Vos! ¡Vos! —exclamó Hatteras—. ¡Pues bien! ¡Partid! ¡Yo me quedaré, yo me quedaré!
—¡Capitán! —dijo Johnson, deteniéndose a pesar suyo.
—¡Os digo que me quedaré! ¡Partid! ¡Abandonadme como los otros! ¡Partid! ¡Ven, Duck, nos quedaremos los dos…!
El valiente perro se volvió junto a su amo ladrando. Johnson miró al doctor. Éste no sabÃa qué hacer. El mejor partido era calmar a Hatteras y sacrificar un dÃa a sus ideas. El doctor iba a revolverse, cuando sintió que le tocaban el brazo.
Se volvió. El americano acababa de dejar sus mantas; se arrastraba por el suelo; se levantó al fin sobre sus rodillas, y de sus labios enfermos brotaron sonidos inarticulados.
El doctor, atónito, casi espantado, lo miraba en silencio. Hatteras se acercó al americano y lo examinó atentamente. Procuraba sorprender palabras que el desventurado no podÃa pronunciar. En fin, después de cinco minutos de esfuerzos, el enfermo dejó oÃr esta palabra:
—Porpoise.
—¡El Porpoise! —exclamó el capitán.
El americano hizo una señal afirmativa.