Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Amigos mÃos —repuso Hatteras con una voz casi suplicante—, desesperáis antes de tiempo! Si os propusiese buscar hacia el Norte el camino de la salvación os negarÃais a seguirme. Y, sin embargo, ¿no existen acaso cerca del Polo tribus de esquimales lo mismo que en el estrecho de Smith? Un mar libre, cuya existencia es, sin embargo, segura, debe de bañar continentes. La Naturaleza es lógica en todo lo que hace. Pues bien, debemos creer que la vegetación recobra su imperio donde cesan los grandes frÃos. ¿No es acaso una tierra prometida la que nos aguarda en el Norte, de la cual intentáis alejaros?
Hatteras, hablando, se animaba. Su imaginación sobreexcitada evocaba los cuadros encantadores de aquellas comarcas cuya existencia era más que problemática.
—¡Un dÃa más! —RepetÃa—. ¡Una hora siquiera!
El doctor Clawbonny, con su carácter aventurero y su ardiente fantasÃa, se sentÃa conmover poco a poco, e iba a ceder; pero Johnson, más discreto y más frÃo, le llamó al camino de la razón y del deber.
—¡Vamos, Bell! —dijo—. ¡Al trineo!
—¡Vamos! —respondió Bell.
Los dos marinos se dirigieron a la abertura de la casa de nieve.