Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡SÃ! —respondió el doctor—. No tenemos a nuestra disposición más que un solo tiro, y, si no lo aprovechamos, el animal se nos escapará y estará perdido para nosotros, pues ya sabéis que corre más que una liebre.
—Pues bien —respondió Johnson—, es menester ir derecho a él. ¡Se arriesga la vida! ¿Qué importa? Dejadme arriesgar la mÃa.
—¡La mÃa será! —exclamó el doctor.
—¡La mÃa! —respondió sencillamente Hatteras.
—¡Cómo! —exclamó Johnson—. ¿No sois vos acaso más útil para la salvación de todos que este pobre viejo que ya no sirve para nada?
—No, Johnson —repuso el capitán—. Dejadme hacer, yo no arriesgaré mi vida más que lo absolutamente necesario; en caso de apuro, os llamaré para auxiliarme.
—Hatteras —preguntó el doctor—, ¿vais, pues, a salir al encuentro del oso?
—Si estuviese seguro de derribarlo, aunque supiese que me habÃa de hacer pedazos, me dirigirÃa a él resueltamente, pero al acercarme podrÃa evadirse. Es un animal lleno de astucia, y hemos de procurar ser más astutos que él.
—¿Qué pensáis hacer?