Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Pero es verdad, Johnson. He aquÃ, pues, un pedazo de metal que puede salvarnos la vida. Dejémoslo expuesto al aire antes de servimos de él, y veamos si el oso tiene aún paciencia para aguardarnos.
En aquel momento salió Hatteras de la choza. El doctor le mostró la barra y le dio a conocer su proyecto. El capitán le apretó la mano, y los tres cazadores empezaron a observar el horizonte.
El tiempo estaba muy claro. Hatteras, que andaba delante de sus compañeros, distinguió al oso a menos de seiscientas toesas.
El animal, sentado sobre sus patas traseras, balanceaba tranquilamente la cabeza, aspirando las emanaciones de aquellos huéspedes insólitos.
—¡Allà está! —exclamó el capitán.
—¡Silencio! —dijo el doctor.
Pero el enorme cuadrúpedo, cuando distinguió a los cazadores, no se movió. Los miraba sin miedo y sin cólera. Sin embargo, debÃa de ser muy difÃcil acercarse a él.

—Amigos mÃos —dijo Hatteras—, no se trata de proporcionarnos un vano placer, sino de salvar nuestra existencia. Obremos con prudencia.