Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La noche se pasó con las molestias del hambre. El contramaestre y el doctor fueron los únicos que pudieron templarlas algo, porque tenían un poco de esperanza.
Al día siguiente, a los primeros rayos del alba, el doctor, seguido de Johnson, se precipitó fuera y corrió a ver el termómetro, cuyo mercurio se había refugiado en la parte inferior del tubo, bajo la forma de un cilindro compacto. El doctor rompió el instrumento, y con sus dedos prudentemente resguardados por el guante, sacó un verdadero pedazo de metal, muy poco maleable y sumamente duro. Era una verdadera bala.
—¡Ah, señor Clawbonny! —exclamó el contramaestre—. ¡Esto es maravilloso! ¡Sois un gran hombre!
—No, amigo mío —respondió el doctor—; no soy más que un hombre dotado de buena memoria y que ha leído mucho.
—¿Qué queréis decir?
—Me he acordado oportunamente de un hecho referido por el capitán Ross en la relación de su viaje. El capitán Ross dice que atravesó una plancha del grueso de una pulgada con un fusil cargado con una bala de mercurio helado. Si hubiese tenido aceite a mi disposición, no hubiera tenido necesidad de mercurio, pues cuenta el mismo capitán que una bala de aceite de almendras dulces, disparada contra un poste, lo rajó y chocó de rebote en tierra sin romperse.
—¡Eso no es creíble!