Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —No, señor Clawbonny; puesto que al fin y al cabo nos ha de comer, ¿por qué prolongamos la ansiedad de ese pobre animal? Está hambriento como nosotros, sin encontrar una foca en que hincar el diente. ¡El cielo le envÃa hombres! Pues bien, ¡tanto mejor para él!
El viejo Johnson estaba como loco. QuerÃa abandonar la casa de hielo. El doctor pudo difÃcilmente contenerlo, y, si lo consiguió, no lo debió tanto a la fuerza como a las siguientes palabras, que pronunció con un acento de convicción profunda:
—¡Mañana mataré al oso!
—¡Mañana! —repitió Johnson, que parecÃa despertar de un mal sueño.
—¡Mañana!
—¡No tenéis bala!
—La haré.
—¡No tenéis plomo!
—No, pero tengo mercurio.
Y sin decir más, el doctor cogió el termómetro, que marcaba en el interior de la casa 50° sobre cero (+10° centÃgrados). El doctor salió, colocó el instrumento encima de un témpano y volvió a entrar. La temperatura era de 50° bajo cero (—47° centÃgrados).
—Hasta mañana —dijo el viejo marino—. Dormid y aguardaremos la salida del sol.