Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El viaje prosiguió sin ningún incidente digno de ser referido. La carne de oso no escaseaba, y se hicieron con ella abundantes comidas. Hasta reinaba cierta alegría en la comitiva, gracias a las ocurrencias del señor Clawbonny y a su amable filosofía. El digno doctor encontraba siempre en sus alforjas de sabio alguna enseñanza que sacar de los hechos y de las cosas. Su salud no se había deteriorado, y a pesar de las fatigas y las privaciones, había enflaquecido tan poco que sus amigos de Liverpool lo hubieran reconocido sin trabajo, sobre todo por su buen humor inalterable.
Durante la mañana del sábado, vieron los viajeros modificarse sensiblemente la naturaleza de la inmensa llanura de hielo. Los témpanos conmovidos, los packs, más frecuentes, los hummocks acumulados, demostraban que el icefield sufría una presión inmensa. Evidentemente, algún continente desconocido, alguna isla nueva, estrechando los pasos, había producido aquel trastorno. Moles de hielo de agua dulce, más frecuentes y más considerables, indicaban una costa próxima.
