Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los tres compañeros habían tenido que meterse tierra adentro para salvar los obstáculos que les ofrecían derrumbaderos profundos y peñascos cortados a pico que terminaban en el monte Bell; pero, después de sufrir algún retraso, ganaron de nuevo la orilla y vieron que los hielos no estaban aún segregados. El mar permanecía helado y, eso no obstante, vestigios de focas anunciaban las primeras visitas de estos anfibios que pasaban ya a respirar a la superficie del icefield. Anchas huellas y roturas aún frescas de témpanos, no permitían dudar que algunos de ellos habían recientemente tomado tierra.
Las focas son muy aficionadas a los rayos del sol, y se tienden en las orillas para dejarse penetrar por su benéfico calor.
El doctor hizo observar esta particularidad a sus compañeros.
—Examinemos este sitio con cuidado —les dijo—, pues es muy posible que en él, al llegar el verano, encontremos focas a centenares, y en los parajes poco frecuentados por los hombres es fácil cogerlas, porque se dejan acercar cuanto se quiere. Pero es menester procurar no asustarlas, porque entonces desaparecen como por encanto y ya no vuelven. Así es como algunos pescadores torpes, en lugar de matarlas aisladamente, las han atacado en masa, con gritos y ruidos, y han perdido o comprometido su negocio.