Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Se las caza solamente para utilizar su piel o su aceite? —preguntó Bell.
—Los europeos, sÃ; pero los esquimales se las comen, y se puede decir que viven de ellas, a pesar de que nada tienen de apetitosos los pedazos de foca que mezclan con sangre y grasa. Hay, sin embargo, cierta manera de prepararla, y yo me encargo de sacar de una foca sus chuletitas delgadas que no parecerán despreciables a los que se acostumbren a su color negro.
—Allá veremos —respondió Bell—; lo que es yo, me comprometo a comerme toda la carne de foca que os dé la gana. Tenedlo entendido, señor Clawbonny.
—Amigo Bell, lo que vos queréis decir es que comeréis toda la carne de foca que os dé la gana a vos, no a mÃ. Pero, cualquiera que sea vuestra voracidad, no igualará nunca a la del groenlandés, que consume diariamente de 10 a 15 libras de carne de foca.
—¡Quince libras! —dijo Bell—. ¡Qué estómagos!
—Estómagos polares —respondió el doctor—. Estómagos prodigiosos y elásticos que se dilatan y contraen cuanto se quiera, pues son tan propios para soportar la abstinencia como la abundancia. Al principio de la comida, el esquimal está flaco, y a la conclusión de ella está tan gordo que parece una persona distinta. Verdad es que su comida dura a veces un dÃa entero.