Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Sin embargo —dijo Altamont—, si mal no recuerdo, en Noruega, en las comarcas más frÃas, los indÃgenas no tienen necesidad de una alimentación tan sustancial, y se crÃan muy robustos sin más que un poco de leche, huevos, pan, corteza de álamo, algunas veces salmón, y nunca carne.
—Cuestión de organización —respondió el doctor—, que yo no me sé explicar. Creo, sin embargo, que una segunda o tercera generación de noruegos, trasplantados a Groenlandia, acabarÃa por aclimatarse a la manera groenlandesa. Y nosotros mismos, amigos mÃos, si permaneciésemos en este venturoso paÃs llegarÃamos a vivir como esquimales, y serÃamos tan voraces como ellos.
—Señor Clawbonny —dijo Bell—, me abrÃs el apetito hablando de esta manera.
—A fe mÃa, no —respondió Altamont—; lo que cuenta me parece repugnante y me harÃa cobrar aversión a la carne de foca… Pero creo que ha llegado el caso de probarla, pues, o mucho me engaño, o distingo, allá abajo, tendida sobre los témpanos, una mole que me parece animada.
—¡Es una loba marina! —exclamó el doctor—. ¡Silencio, adelante!
En efecto, un anfibio de los de mayor tamaño parecÃa desperezarse a cosa de 200 yardas de los cazadores, extendiéndose y retorciéndose con voluptuosidad a los pálidos rayos del sol.