Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Sin duda, pero es lógico que una comida de esquimales nos cause sorpresa. En la tierra de Boothia, Sir John Ross, durante su invernada, se asombraba al ver la voracidad de sus guÃas. Cuenta que dos hombres, dos nada más, devoraron en una mañana un toro almizclado. Cortaban la carne a tiras que introducÃan en su gaznate; después ras con ras de la nariz, cortando cada cual lo que no podÃa contener su boca, lo pasaba a su compañero. O bien, dejando colgar hasta el suelo las tiras de carne, las tragaban poco a poco, del mismo modo que una boa se traga un buey, y también comÃan tendidos a lo largo.
—¡Qué asco! —dijo Bell—. ¡Qué brutos!
—Cada cual tiene su manera de comer —respondió filosóficamente el americano.
—¡Afortunadamente! —replicó el doctor.
—Ya no me extraña —repuso Altamont— que, siendo en estas latitudes tan imperiosa la necesidad de comer, en las relaciones de los viajes árticos se haga siempre mención de la comida.
—Tenéis razón —respondió el doctor—. Y yo he hecho la misma observación. Esto depende, no sólo de que se necesita una alimentación abundante, sino también de que es con frecuencia muy difÃcil procurársela. Se piensa en ella sin cesar, y, por consiguiente, se habla de ella siempre.