Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El mal tiempo continuaba, y no habÃa que pensar en salir, ni siquiera una hora, del «Fuerte Providencia». Era preciso permanecer dÃa y noche en la casa de nieve. Todos se sentÃan aburridos, a excepción del doctor, que hallaba siempre medios de ocuparse en algo.
—¿No hay, pues, ninguna posibilidad de distraerse? —dijo una noche Altamont—. No es vivir como vivimos, a la manera de reptiles metidos en sus madrigueras durante todo el invierno.
—En efecto —respondió el doctor—. Desgraciadamente, no somos bastantes para organizar un sistema cualquiera de distracción.
—¡Cómo! —repuso el americano—. ¿Creéis que matarÃamos mejor el tiempo si estuviésemos reunidos en mayor número?
—Sin duda, y cuando tripulaciones completas han pasado el invierno en las regiones boreales, han hallado medios para no aburrirse.
—En verdad —dijo Altamont—, quisiera saber cómo lo harÃan, pues se necesita verdadero ingenio para encontrar algún recreo en una situación como la nuestra. Supongo que no pasarÃan el tiempo descifrando jeroglÃficos.
—No —respondió el doctor—. Pero introdujeron en estos paÃses hiperbóreos dos grandes elementos de distracción: la Prensa y el teatro.