Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras »No puedo dejar de deciros que tengo algunas sospechas de que se trata de introducir fraudulentamente en vuestras cajas algunos artículos que, careciendo del carácter de absoluta originalidad y no siendo completamente inéditos, no pueden conveniros en manera alguna. Puedo afirmar que ayer mismo por la noche se vio a un “autor” inclinado sobre su pupitre, con un volumen del Spectateur en su mano, mientras que con la otra procuraba que la llama de la lámpara desliese su tinta helada. Inútil es recomendaros que os pongáis en guardia ante semejantes perfidias. Es preciso que no veamos reproducido en la Crónica de invierno lo que nuestros abuelos leían almorzando, hace ya más de un siglo».
—Bien, muy bien —dijo Altamont, cuando el lector hubo concluido—. Hay en lo que habéis leído verdadero buen humor, y bien se conoce que el autor de la carta era un mozo listo.
—Sin duda —respondió el doctor—. Ved ahora un anuncio que no carece de gracia:
«Se desea encontrar una mujer de mediana edad y buena reputación para ayudar a vestirse a las actrices de la compañía del Teatro Real de la Georgia Septentrional. Se le dará un buen sueldo, y tendrá té y cerveza a discreción. Dirigirse al comité del teatro. —N. B. Será preferida una viuda».
—No me parece que nuestros compatriotas estuviesen muy afligidos —dijo Johnson.