Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Y se encontró la viuda? —preguntó Bell.
—Asà parece —respondió el doctor—, a juzgar por la siguiente respuesta dirigida a la dirección del teatro.

»Señores, yo soy viuda; tengo veintiséis años, y hay personas respetables que podrán responder de mi aptitud y buenas costumbres. Pero antes de encargarme del tocado de las actrices de vuestro teatro, deseo saber si tienen intención de conservar sus pantalones, y si se me proporcionará el auxilio de algunos marineros vigorosos para apretar convenientemente sus corsés. Siendo asÃ, señores, podéis contar con vuestra servidora,
A. B.»
«P. D. En lugar de cerveza, ¿no podrÃais dar aguardiente?».
—¡Bravo! —exclamó Altamont—. Me parece que estoy viendo doncellas apretando la cintura de las actrices con un cabrestante. La verdad es que estaban alegres los compañeros del capitán.
—Como todos los que han alcanzado su objetivo —respondió Hatteras.