Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —El tÃtulo es soberbio —respondió Altamont—, pero confieso que si yo tuviera que desarrollar semejante argumento, me darÃa mucho quehacer el desenlace.
—Tenéis razón —dijo Bell—. Porque, ¿quién sabe cómo concluirá nuestro drama?
—¿Por qué —exclamó el doctor— pensar en el último acto? Hasta ahora los primeros no salen del todo mal. Dejemos hacer a la Providencia, amigos; desempeñemos nuestro papel lo mejor que podamos, y, puesto que el desenlace pertenece al Autor de todas las cosas, tengamos confianza en su sabidurÃa. É1 sabrá sacamos de apuros.
—Vámonos, pues, a soñar con todo lo que se ha dicho —respondió Johnson—. Es tarde, y, puesto que ya es hora de dormir, durmamos.
—Mucha prisa tenéis, amigo mÃo —dijo el doctor.
—¿Qué queréis, señor Clawbonny? ¡Me encuentro tan perfectamente entre mantas! Además, yo he adquirido la costumbre de tener buenos sueños. ¡Sueño con paÃses cálidos, de lo que resulta que paso la mitad de mi vida bajo el ecuador, y la otra mitad en el Polo!
—¡Diablo! —dijo Altamont—. Poseéis una organización envidiable.
—Excelente —respondió el contramaestre.