Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Oh, naturaleza boreal! —exclamó el doctor, un poco desazonado—. ¡Qué salidas de tono tienes! ¡Paciencia! Tendré que empezar otra vez mi sementera.
Hatteras tomaba las cosas menos filosóficamente, por la impaciencia con que esperaba la ocasión de proseguir sus descubrimientos. Pero fuerza era resignarse.
—¿Durará mucho esta temperatura? —preguntó Johnson.
—No, amigo mÃo, no —respondió Clawbonny—; este esfuerzo es el último del frÃo. Haceos cargo de que él está aquà en su casa, y no se deja desalojar sin resistencia.
—Se defiende bien —replicó Bell, frotándose la cara.
—¡SÃ! Pero yo debÃa haberlo previsto todo —replicó el doctor—, y no sacrificar mis granos como un ignorante, tanto más cuanto que podÃa, en rigor, haberlos hecho germinar junto a los hornillos de la cocina.
—¡Cómo! —exclamó Altamont—. ¡DebÃais vos haber previsto esta variación de temperatura!
—Sin duda, y sin ser adivino. No debà haber puesto mis semillas bajo la protección inmediata de san Mamerto, san Pancracio y san Segundo, cuya fiesta cae en los dÃas 11, 12 y 13 de este mes.
—¿Vais a decirme, doctor —exclamó Altamont—, la influencia que tienen sobre la temperatura los tres santos que habéis nombrado?