Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los invernadores se hallaron, pues, condenados a una nueva inacción. Por espacio de quince dÃas, desde el 11 al 25 de mayo, su existencia monótona no ofreció más que un solo incidente, una enfermedad grave, una angina membranosa, que atacó inopinadamente al carpintero. Al ver sus amÃgdalas sumamente hinchadas y la falsa membrana que las tapizaba, el doctor no podÃa equivocar el diagnóstico de tan terrible dolencia, pero él se hallaba en su elemento, y la enfermedad, que sin duda no habÃa contado con esto, fue rápidamente contrarrestada. El tratamiento fue muy sencillo, y el medicamento se tenÃa muy a mano, pues el doctor se limitó a introducir algunos pedacitos de hielo en la boca del enfermo, con lo que empezó a disminuir la hinchazón y desapareció la falsa membrana. Veinticuatro horas después, Bell pudo levantarse.
El doctor, viendo que a todos causaba maravilla el plan curativo, respondió:
—Éste es el paÃs de las anginas; preciso es que el remedio se halle cerca del mal.
—Bueno es el remedio, pero mejor es el médico —añadió Johnson, en cuya mente el doctor tomaba proporciones piramidales.
