Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Para perderme! Me parece que se burla de mÃ, que habla aquà como amo, que se figura tener entre sus manos mi destino y que ha adivinado mis proyectos. ¿No se ha quitado enteramente la máscara cuando se ha tratado de dar nombre a estas tierras nuevas? ¿Ha confesado jamás lo que venÃa a hacer a estas latitudes? No me quitaréis de la cabeza una idea que me mata, y es que ese hombre es el jefe de una expedición de descubrimiento enviada por el Gobierno de la Unión.
—Y aun cuando asà sea, Hatteras, ¿quién prueba que esa expedición trataba de llegar al Polo? América puede intentar, como Inglaterra, hallar el paso del Noroeste. De todos modos, Altamont ignora absolutamente vuestros proyectos, porque ni Johnson, ni Bell, ni vos, ni yo, hemos dicho delante de él una palabra acerca de ello.
—¡Pues bien! ¡Que los ignore siempre!
—Acabará necesariamente por conocerlos, porque nosotros no podemos dejarle aquà solo.
—¿Y por qué no? —preguntó el capitán con cierta violencia—. ¿No puede él quedarse en «Fuerte Providencia»?