Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Él no lo consentirÃa, Hatteras; y, además, abandonar a ese hombre sin estar seguros de encontrarle a nuestro regreso, serÃa más que imprudencia, serÃa inhumano. Altamont irá con nosotros, es necesario que vaya. Pero, como es inútil darle ahora noticias de que carece, no le diremos nada, y construiremos una lancha destinada en apariencia al reconocimiento de estas nuevas costas.
Hatteras no podÃa resignarse a prohijar las ideas de su amigo, y éste aguardaba una respuesta que no obtenÃa.
—¿Y si ese hombre no consintiese en el destrozo de su buque? —dijo al fin el capitán.
—En tal caso, tendrÃais de vuestra parte el derecho, y construirÃais la lancha a pesar suyo, sin que él pudiese hacer más que tener paciencia.
—¡Quiera el cielo que no consienta! —exclamó Hatteras.
—Antes de una negativa —respondió el doctor—, es necesario una petición, y de ésta me encargo yo.
En efecto, aquella misma noche, durante la cena, Clawbonny provocó una conversación sobre ciertos proyectos de excursiones durante los meses de verano, con objeto de proceder a la observación hidrográfica de las costas.
—Creo, Altamont —dijo el doctor—, que seréis de los nuestros.