Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Vos no lo sufriréis —respondió el americano levantándose igualmente—, pero los hechos son ciertos! Vuestro poder no alcanza a destruirlos.
—¡Caballero! —dijo Hatteras, pálido de cólera.
—¡Amigos —dijo el doctor—; un poco de calma! ¡Discutimos un punto cientÃfico!
El buen Clawbonny no querÃa ver más que una discusión de ciencia donde el odio de un americano estaba en pugna con el de un inglés.
—¡Los hechos! Voy a exponerlos —repuso Hatteras en son de amenaza y sin querer oÃr nada.
—¡Y yo también! —respondió el americano.
Johnson y Bell no sabÃan qué actitud tomar.
—Señores —dijo el doctor con energÃa—; permitidme tomar la palabra. Quiero tomarla. Conozco los hechos tan bien como vosotros; mejor que vosotros, y no os atreveréis a dudar de mi imparcialidad.
—¡SÃ! ¡SÃ! —Dijeron Bell y Johnson, a quienes alarmaba el giro que habÃa tomado la discusión, y crearon Una mayorÃa favorable al doctor.
—Hablad, señor Clawbonny —dijo Johnson—. Esos señores os escucharán y nos instruiremos todos.
—¡Hablad, pues! —dijo el americano.
Hatteras volvió a sentarse, haciendo un ademán de aquiescencia, y se cruzó los brazos.