Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Empezó al fin a hacer verdadero calor. El 15 de junio el doctor notó que el termómetro señalaba 57° sobre cero (+14° centígrados), y apenas podía dar crédito a sus ojos, pero tuvo que rendirse a la evidencia. El país se transformaba; innumerables y ruidosas cascadas caían de todas las cimas acariciadas por el sol; el hielo se dislocaba, y la gran cuestión del mar libre iba al fin a decidirse. Conmovía el aire el estrépito de los aludes que desde lo alto de las colinas se precipitaban a los valles y los chasquidos del icefield producían estampidos atronadores.
Se hizo una excursión hasta la isla Johnson, la cual no era realmente más que un islote sin importancia, árido y desierto; mas no por eso el viejo contramaestre se sentía menos satisfecho por haber dado él su nombre a aquellas peñas perdidas en el mar. Hasta intentó grabarlo en una roca, y por poco se desnuca al encaramarse por ella.
Durante sus paseos, Hatteras había reconocido cuidadosamente las tierras hasta más allá del cabo Washington. La licuación de las nieves modificaba sensiblemente la comarca apareciendo valles y cerros donde el vasto tapiz blanco del invierno parecía cubrir llanuras uniformes.