Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Las nieves, sin embargo, se licuaban en todas direcciones bajo la acción del sol; el agua salada, derramada sobre el icefield por las quebrajas y los agujeros de las rocas, aceleraba su descomposición, y el hielo, mezclado con el agua del mar, formaba una especie de fango sucio llamado slush por los navegantes árticos. Dilatadas ciénagas se formaban en las sierras próximas a la bahía, y en el terreno descubierto parecía brotar como una producción de la primavera boreal.

El doctor renovó entonces sus plantaciones. No le faltaban semillas, y además le sorprendió la presencia de una especie de amapola que nació espontáneamente entre las piedras secas, pues no podía dejar de admirar aquella fuerza creadora de la Naturaleza que tan pocas cosas necesitaba para manifestarse. Sembró berros, cuyos tiernos tallos, tres semanas después, habían ya adquirido cerca de una pulgada de longitud.
Los brezos empezaron también a manifestar tímidamente sus florecidas de un color de rosa dudoso y casi pálido, como si fuese un color que una mano inhábil hubiese aguado demasiado. En resumen, la flora de la Nueva América dejaba mucho que desear y, sin embargo, se veía con gusto aquella vegetación escasa y medrosa, única que podían vivificar los rayos debilitados del sol, último recuerdo de la Providencia que no había olvidado completamente aquellas comarcas lejanas.