Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Pero la caza por excelencia, el toro almizclado, de que halló Parry numerosas manadas en la isla de Melville, no parecía que se hallase en las costas de la bahía Victoria. Se resolvió, por lo tanto, realizar una excursión lejana que, al mismo tiempo que para cazar tan precioso animal, sirviese para reconocer las tierras orientales. Verdad es que Hatteras no se proponía dirigirse al Polo por aquella parte del continente, pero el doctor deseaba adquirir una idea general del país. Se decidió, pues, encaminarse hacia el Este del «Fuerte Providencia». Altamont contaba con cazar. Duck formó, naturalmente, parte del cuerpo expedicionario.

El lunes, 17 de junio, con un día hermoso, marcando el termómetro 41° (+5° centígrados), en una atmósfera tranquila y pura, los tres cazadores, armados cada cual con su correspondiente escopeta de dos cañones y un cuchillo de nieves, salieron de la «Casa del Doctor», seguidos de Duck, a las seis de la mañana. Se dispusieron para una excursión que debía durar dos o tres días y se llevaron provisiones al efecto.

A las ocho de la mañana, Hatteras y sus dos compañeros habían salvado una distancia de unas 7 millas, sin haber visto ni un solo ser viviente que les hiciese gastar un grano de pólvora, y parecía por consiguiente que su expedición, desde el punto de vista venatorio, había de ser muy poco fructífera.


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