Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Aquel país nuevo ofrecía vastas llanuras que se perdían más allá del alcance de la vista. Arroyos nacidos el día anterior serpenteaban por ellas en gran número, y dilatadas lagunas, inmóviles como estanques, reverberaban a los oblicuos rayos del sol. Las capas de hielo disuelto permitían ver un terreno perteneciente a la gran división de los sedimentos, debidos a la acción de las aguas, que tan extendidos se hallan en la superficie del Globo.

Veíanse, sin embargo, algunas moles erráticas de una naturaleza muy diferente de la del suelo que cubrían, explicándose difícilmente su presencia. Pero los esquistos pizarrosos, los distintos productos de los terrenos calizos, abundaban considerablemente, y se encontraban, sobre todo, especies de cristales curiosos, transparentes, incoloros y dotados de la refracción particular del espejuelo o espato de Islandia.

Pero el doctor, aunque no cazaba, no tenía tiempo de hacer observaciones geológicas. No podía ser sabio uno al trote, porque sus compañeros avanzaban rápidamente. Él, sin embargo, estudiaba el terreno, y hablaba más que un descosido, pues sin él hubiera reinado un silencio absoluto. Altamont no tenía ningún deseo de hablar al capitán, ni éste ningún deseo tampoco de hablar a Altamont.


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