Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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A cosa de las diez de la mañana, los cazadores habían avanzado hacia el Este unas 12 millas. El mar se ocultaba debajo del horizonte. El doctor propuso hacer un alto para almorzar, y se almorzó, en efecto, pero de prisa y corriendo. Al cabo de media hora, se emprendió de nuevo la marcha.

El terreno formaba nuevas pendientes, y algunas manchas de nieve, que se habían conservado por la exposición o por el declive de las rocas, le daban una apariencia vedijosa, como la de las olas en alta mar azotadas por una fresca brisa.

La comarca presentaba llanuras sin vegetación, que, al parecer, no habían sido nunca frecuentadas por ningún ser animado.

—Decididamente —dijo Altamont al doctor—, no somos felices en nuestras cacerías. Convengo en que el país ofrece pocos recursos a los animales, pero los de las tierras boreales no tienen el derecho de manifestarse difíciles de contentar y podrían haber sido más complacientes.

—No desesperemos —respondió el doctor—. La estación de verano empieza ahora, y si Parry encontró tantos animales diversos en la isla de Melville, no hay ninguna razón para que a nosotros aquí nos falten.

—Sin embargo, nosotros nos hallamos más al Norte —respondió Hatteras.


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