Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Ahà lo tenéis —dijo—. ¿No podrÃan en rigor algunos colonos emprendedores establecerse en este valle? Con industria y perseverancia harÃan de él, no una campiña de las zonas templadas, no digo tanto, pero una cosa muy diferente de lo que es, un paÃs aceptable. ¡Mirad! Si no me engaño, veo algunos habitantes de cuatro patas. Los picaros conocen los buenos sitios.
—¡Toma! ¡Son liebres polares! —exclamó Altamont, amartillando la escopeta.
—¡Aguardad! —exclamó el doctor—. ¡Aguardad, cazador furioso! Son unos pobres animales que no piensan en huir. Dejadles hacer; vienen hacia nosotros.
En efecto, tres o cuatro lebratos, retozando entre los matorrales y los nuevos musgos, avanzaban hacia los tres cazadores, cuya presencia no les inspiraba ningún recelo. CorrÃan inocentemente y con gracia, pero esta gracia no parecÃa suficiente para desarmar a Altamont.
Muy pronto pasaron entre las piernas del doctor, y éste les acarició con la mano diciendo:
—¿Por qué hemos de recibir a tiros a los que vienen a buscar nuestras caricias? ¡La muerte de esos animalillos nos es inútil!
—Tenéis razón, doctor —respondió Hatteras—. Dejémosles que vivan.
—¡Y esos ptarmiganos que vuelan hacia nosotros! —exclamó Altamont—. ¡Esos caballeros que avanzan gravemente montados sobre sus largas zancas!