Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—No me cabe duda. Si corrieseis las comarcas célebres de los primeros días del mundo, los lugares donde estuvo Tebas, donde estuvo Nínive, donde estuvo Babilonia, aquellas villas fértiles de nuestros padres, os parecería imposible que el hombre haya podido jamás vivir en ellas, y hasta la atmósfera se ha viciado allí desde la desaparición de los seres humanos. Una ley general de la Naturaleza vuelve insalubres lo mismo las comarcas donde no hemos vivido nunca y aquellas en que hemos dejado de vivir. Sabedlo: es el hombre mismo quien forma su país, con su presencia, con sus costumbres, con su industria, diré más, con su aliento. Él modifica poco a poco las exhalaciones del suelo y las condiciones atmosféricas, y sanea por lo mismo que respira. Estamos, pues, de acuerdo en que hay parajes inhabitados; pero no inhabitables.

Y mientras hablaban, convertidos en naturalistas, los cazadores seguían avanzando, y llegaron a una especie de valle muy despejado, en cuyo fondo serpenteaba un riachuelo casi deshelado, cuya exposición al Mediodía había determinado en sus orillas y hasta la mitad de la costa una especie de vegetación. La tierra manifestaba allí una verdadera intención de fertilizarse; no pedía más para producir que unas cuantas pulgadas de tierra vegetal. El doctor hizo observar estas tendencias manifiestas.


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