Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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¿Pensaba en todas estas cosas tan naturalmente inspiradas por la situación presente? El doctor se complacía en suponerlo, y de ello no podía dudar viéndole tan afanoso. El buen Clawbonny gozaba pensando en lo que gozaba su amigo, y desde la reconciliación de los dos capitanes, de sus dos amigos, se consideraba el más feliz de los hombres, él, la mejor de las criaturas, incapaz de concebir una idea de odio, envidia o competencia. ¿Cuál sería el resultado de aquel viaje? Lo ignoraba, pero empezaba bien y esto era ya mucho.

En el Oeste, la costa occidental de la Nueva América se prolongaba más allá del cabo Washington, formando sucesivas bahías. Los viajeros, para evitar aquella inmensa curva, después de haber salvado las primeras pendientes del monte Bell, se dirigieron hacia el Norte por las mesetas superiores. Así se economizaba mucho camino. Hatteras quería, a no ser que a ello se opusiesen obstáculos imprevistos de estrechos o de montañas, trazar una línea recta de trescientas cincuenta millas desde «Fuerte Providencia» hasta el Polo.

El viaje se hacía cómodamente. Las llanuras alteradas ofrecían vastos tapices blancos, sobre los cuales el trineo, con los aros debidamente azufrados, se deslizaba con facilidad, y los hombres, calzados con sus snow-shoes, andaban con paso seguro y rápido.


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