Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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El termómetro indicaba 37° (+3° centígrados). El tiempo no era estable en absoluto, pues tan pronto se presentaba claro como nuboso; pero ni el frío, ni los torbellinos hubieran detenido a viajeros tan decididos a seguir adelante.

El camino con el compás náutico se trazaba fácilmente. Alejándose del polo magnético, la aguja se volvía menos perezosa, y ya no oscilaba. Verdad es que, dejando atrás el punto magnético, la aguja se volvía hacia él, y marcaba, si así puede decirse, el Sur a gentes que marchaban hacia el Norte, pero esta indicación inversa no complicaba ni dificultaba ningún cálculo.

Además, el doctor inventó un sistema de miras de alineación muy sencillo, que evitaba recurrir incesantemente a la brújula. Una vez establecida la posición, los viajeros en los días claros se fijaban en un objeto exactamente colocado al Norte y situado a dos o tres millas de donde ellos se hallaban. Entonces marchaban hacia él hasta que lo habían alcanzado, después escogían otro siguiendo la misma dirección, y así sucesivamente.

Durante los primeros días del viaje, anduvieron a razón de veinte millas por doce horas. El resto del tiempo se invertía en comer y descansar, bastando la tienda para preservarles del frío durante las horas del sueño.


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