Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La temperatura tendÃa a elevarse. La nieve se licuaba enteramente en algunos puntos expuestos al sol, al paso que en otros conservaba su blancura inmaculada. Charcos de agua y hasta verdaderos estanques, que podÃan casi pasar por lagos, se formaban en distintas direcciones, hundiéndose a veces en ellos los viajeros hasta media pierna, lo que les hacÃa reÃr mucho; sobre todo al doctor, a quien hacÃan feliz aquellos baños inesperados.

—El agua —decÃa— no tiene en este paÃs permiso para mojarnos. Es un elemento que aquà sólo tiene derecho al estado sólido y al estado gaseoso. En cuanto al estado lÃquido, es un abuso. Hielo o vapor, conforme; pero agua, nunca.
Durante la marcha, no se habÃa olvidado la caza para procurarse una alimentación fresca. Altamont y Bell, sin separarse demasiado, recorrÃan los barrancos próximos, y mataban ptarmiganos, gansos y algunas liebres grises; pero no tardaron los animales en volverse tÃmidos y ariscos, y huÃan desde muy lejos. Sin Duck, algunos dÃas los cazadores hubieran hecho muy poco negocio.
Hatteras les recomendaba que no se alejasen más allá de una milla, porque no querÃa perder un dÃa, ni una hora, y no podÃan contar más que con tres meses de buen tiempo.