Aventuras del capitan Hatteras

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Era, además, preciso que ocupasen todos su puesto junto al trineo cuando se llegaba a algún punto difícil, a alguna garganta estrecha, a algunas cuestas muy pronunciadas que tenían que pasarse. Entonces todos tiraban del vehículo y lo empujaban o sostenían y más de una vez hubo necesidad de descargarlo de todo, lo que no era aún suficiente para prevenir choques, y por consiguiente averías, que Bell reparaba del mejor modo posible.

El tercer día, miércoles 26 de junio, los viajeros encontraron un lago que tenía bastante extensión, y se hallaba aún enteramente helado a consecuencia de su orientación al abrigo del sol, siendo su hielo bastante duro para soportar el peso de los viajeros y del trineo. Aquel hielo procedía, al parecer, de muchos inviernos, pues el lago, atendida su posición, no debía deshelarse nunca. Era un espejo compacto contra el cual nada podían los veranos árticos, y esta observación se hallaba confirmada por sus orillas rodeadas de una nieve seca, cuyas capas inferiores pertenecían sin duda a años precedentes.





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