Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Desde aquel momento el paÃs se deprimió sensiblemente, de lo que el doctor dedujo que no podÃa tener mucha extensión hacia el Norte, siendo además muy verosÃmil que la Nueva América no fuese más que una isla y no se desenvolviese hasta el mismo Polo. El terreno poco a poco se iba haciendo llano, y sólo hacia el Oeste se levantaban algunas humildes colinas niveladas por el alejamiento y envueltas en una bruma azulada.
Hasta entonces la expedición se hizo sin fatiga. Lo único que molestaba a los viajeros era la reverberación en la nieve de los rayos solares. Aquella reflexión intensa podÃa acarrearles snow-blindness[43], que era imposible evitar. Para eludir este inconveniente, en cualquier otro tiempo hubieran viajado de noche, pero entonces no habÃa noche. Afortunadamente, la nieve tendÃa a derretirse, con gran alegrÃa de los caminantes, y perdÃa mucho de su brillo cuando estaba próxima a convertirse en agua.
El 28 de junio la temperatura se elevó a 45° sobre cero (+ 7° centÃgrados). Esta subida termométrica se presentó acompañada de una lluvia abundante, que los viajeros recibieron estoicamente, y hasta con gusto, porque aceleraba la licuación de las nieves. Fue menester ponerse el calzado de piel de reno, y variar el sistema de deslizamiento del trineo. La marcha sufrió algún retraso, pero como no habÃa obstáculos serios, se avanzaba más o menos.