Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras 
Algunas veces el doctor cogía en el camino piedras redondeadas o chatas, a la manera de los guijarros gastados por el movimiento de las olas, y entonces se creía muy cerca del mar polar. Sin embargo, la llanura se extendía sin cesar a cuanto alcanzaba la vista.
La llanura no ofrecía ningún vestigio de vivienda, ni chozas, ni cairns, ni escondrijos de esquimales. Nuestros viajeros eran evidentemente los primeros que pisaban aquella nueva comarca. Los groenlandeses, cuyas tribus pueblan las tierras árticas, no llegaban nunca tan lejos, y, sin embargo, en aquel país la caza hubiera sido fructuosa para aquellos desgraciados siempre hambrientos. Se veían de cuando en cuando algunos osos a sotavento que seguían a la pequeña caravana, sin manifestar intención de atacarla. A lo lejos aparecían toros almizclados formando numerosas manadas. Se veían también renos, de los que el doctor hubiera querido apoderarse para reforzar el tiro del trineo, pero se manifestaban muy recelosos y era imposible coger ninguno vivo.
El día 29, Bell mató una zorra, y Altamont tuvo la fortuna de derribar un toro almizclero de regular tamaño, después de haber dado a sus compañeros una alta idea de su destreza y sangre fría. Era verdaderamente un cazador maravilloso, y el doctor, que sabía lo que era cazar, lo admiraba mucho. El toro fue descuartizado, y suministró un alimento fresco y abundante.