Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras 
Aquellas casuales comidas, sanas y suculentas, eran siempre bien recibidas. Los menos glotones no podÃan abstenerse de dirigir miradas de satisfacción a las tajadas de carne fresca. El doctor se reÃa de sà mismo, cuando se sorprendÃa en éxtasis delante de ellas.
—No nos hagamos los desganados —decÃa—, la comida es una cosa importante en las expediciones polares.
—Sobre todo —respondió Johnson— cuando depende de un disparo más o menos certero.
—Tenéis razón, estimado Johnson —replicaba el doctor—; y se piensa menos en comer cuando se sabe que están los pucheros cociendo con regularidad en los hornillos de la cocina.

El 30, el paÃs, contra todas las previsiones, se presentó muy accidentado, como si lo hubiese sacudido una conmoción volcánica. Los conos y los picachos agudos se multiplicaban hasta lo infinito, y algunos eran gigantescos.