Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Los viajeros evitaban cuidadosamente el paso por las laderas de las colinas, y hasta se abstenían de hablar alto, porque el ruido de la voz podía, agitando el aire, determinar catástrofes. Eran testigos de derrumbamientos frecuentes y terribles que no habrían tenido tiempo de prever, porque el carácter principal de los aludes polares es su espantosa instantaneidad, en lo que se diferencia de los de Suiza y Noruega, donde se forma una bola, poco considerable en un principio, que creciendo por la yuxtaposición o asimilación de las nieves y de las rocas que encuentra al paso, cae con una rapidez progresiva, devasta los bosques, derriba las aldeas, pero emplea en precipitarse un tiempo susceptible de ser apreciado. No sucede lo mismo en las comarcas atacadas por el frío ártico. La dislocación de la mole de hielo es en ellas inesperada, fulminante. Parte y cae instantáneamente, y el que la viese oscilar en su línea de proyección sería inevitablemente aplastado por ella. No es más rápida la bala de cañón, no es más pronto el rayo. Desprenderse, caer y aplastar es todo una cosa para el alud de las tierras boreales, el cual rueda con el formidable retumbar de los truenos, encontrando repercusiones extrañas de ecos más plañideros que ruidosos.




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