Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hatteras no podÃa sobreponerse a la violencia de la tempestad, pero, sin ceder a ella, torció ciñendo el viento, que se desencadenaba con un furor indescriptible. A veces la falúa se inclinaba sobre un costado de tal manera que era de temer que su quilla se sumergiese enteramente. Sin embargo, se levantaba de nuevo bajo la acción del timón, como un caballo cuyos corvejones se doblan y a quien su jinete obliga a levantarse con la brida y las espuelas.
Hatteras, desgreñado, con la mano aferrada a la caña del timón, parecÃa ser el alma de aquella barca y no formar con ella más que un solo cuerpo, como el hombre y el caballo del tiempo de los centauros.
De repente, se ofreció a sus miradas un espectáculo espantoso.
A menos de 10 toesas, un témpano se balanceaba sobre el lomo palpitante de las olas. Bajaba y subÃa como la falúa, y amenazaba con caer encima de ella, cuando sólo con tocarla la hubiera aplastado.
Pero con aquel peligro de precipitarla en el abismo, se presentaba otro no menos terrible, porque aquel témpano gigantesco, corriendo al azar, estaba cargado de osos blancos, apiñados unos contra otros y locos de terror.
—¡Osos! ¡Osos! —exclamó Bell con voz ahogada.
Y todos, aterrorizados, vieron lo que él veÃa.