Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Sin embargo, ni uno solo de aquellos hombres se permitÃa la menor objeción, ni uno solo dejaba oÃr la voz de la prudencia. Estaban todos dominados por el vértigo del peligro. Les acosaba la sed de lo desconocido. Asà iban, no ciegos, sino cegados, pareciéndoles la espantosa rapidez de su marcha demasiado lenta para su impaciencia. Hatteras mantenÃa la proa en su imperturbable dirección, en medio de las olas que echaban espuma bajo el látigo de la tempestad.
Se dejaba sentir, no obstante, la aproximación de la costa. HabÃa en el aire sÃntomas extraños. De repente, la niebla se hendió como una cortina destrozada por el viento, y durante un espacio de tiempo, que no duró más que un relámpago, se pudo ver en el horizonte un inmenso penacho de llamas que subÃa al cielo.
—¡El volcán! ¡El volcán!
Tal fue la palabra que se escapó de todos los labios; pero la fantástica visión habÃa desaparecido, y el viento, saltando al Sudeste, cogió a la embarcación de lado, y la obligó a huir de nuevo de aquella tierra inaccesible.
—¡Maldición! —exclamó Hatteras, entablando el trinquete—. ¡Estábamos a tres millas de la costa!