Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La montaña, en plena erupción, vomitaba un diluvio de piedras abrasadoras y de rocas incandescentes; parecía agitarse bajo sacudimientos repetidos como una respiración de gigante; las moles arrojadas subían por el aire a una gran altura, en medio de surtidores de una llama intensa, y arroyos de lava corrían por sus flancos como torrentes impetuosos. Serpientes de llamas se enroscaban entre los peñascos humeantes, ardientes cascadas caían en medio de un vapor purpúreo, y más abajo un río de fuego, formado por mil riachuelos ígneos, se echaba al mar por una hirviente desembocadura.

El volcán no tenía, al parecer, más que un cráter único, del cual se escapaba la columna de fuego, cruzada de relámpagos transversales, como si la electricidad desempeñase un papel en aquel magnífico fenómeno.
Encima de las llamas jadeantes ondeaba un inmenso penacho de humo, rojo en su base y negro en su vértice. Se elevaba con una majestad incomparable, y se deshacía pródigamente en anchas y copiosas vueltas.