Aventuras del capitan Hatteras

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El cielo, a una gran altura, era de un color ceniciento. La oscuridad experimentada durante la tempestad, y de la cual el doctor no había podido darse cuenta, procedía evidentemente de las columnas de ceniza desplegadas delante del sol como una impenetrable cortina. Entonces se acordó de un hecho semejante ocurrido en 1812 en la isla Barbada, la cual, en pleno día, quedó abismada en profundas tinieblas por la inmensidad de cenizas que arrojaba el cráter de la isla de San Vicente.

Aquel enorme peñasco ignívomo, colocado en medio del océano, medía 1.000 toesas de altura, la cual es, a poca diferencia, la del Helda.

La línea tirada desde su cima a su base formaba con el horizonte un ángulo de unos 11 grados aproximadamente.

Parecía ir saliendo poco a poco del seno de las olas, a medida que se acercaba la falúa. No presentaba ningún vestigio de vegetación. Ni siquiera tenía una playa, pues sus costados caían al mar como cortados a pico.

—¿Podremos atracar? —dijo el doctor.

—El viento nos arrastra —respondió Altamont.

—¡Pero yo no veo un pedazo de playa en que poder sentar el pie!


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