Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Asà parece desde lejos —respondió Johnson—; pero hallaremos donde anclar nuestra embarcación, y es todo lo que necesitamos.
—¡Vamos, pues! —respondió melancólicamente el doctor.
Clawbonny no tenÃa ya miradas para aquel extraño continente que se levantaba ante sus ojos. ¡La tierra del Polo estaba allÃ; pero no el hombre que la habÃa descubierto!
A 500 pasos de las rocas, el mar hervÃa bajo la acción de los fuegos subterráneos. La isla que él rodeaba podÃa tener, todo lo más, de ocho a diez millas de circunferencia, y se hallaba, según cálculo, muy cerca del Polo, si es que no pasaba exactamente por ella el eje del mundo.
En las inmediaciones de la isla, los navegantes notaron un ancón en miniatura suficiente para el abrigo de una embarcación, y se dirigieron a él inmediatamente, con el miedo de hallar el cuerpo del capitán arrojado a la costa por la tempestad.

Sin embargo, difÃcil parecÃa que allà reposase un cadáver. No habÃa playa, y el mar azotaba escuetas rocas. Una ceniza densa y virgen de toda huella humana cubrÃa su superficie más allá del alcance de las olas.