Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras En fin, la falúa se deslizó por una abertura estrecha entre dos rompientes a flor de agua, y allí se encontró perfectamente libre de la resaca.
Duck multiplicó entonces sus lastimeros aullidos.
El pobre animal llamaba al capitán en su lenguaje conmovido, y se lo pedía a aquel mar sin piedad, a aquellas rocas sin eco. Ladraba en vano, y el doctor le acariciaba con la mano sin poderle calmar, cuando el fiel perro, como si hubiese querido remplazar a su amo, dio un salto prodigioso y se lanzó a las rocas, en medio de un polvo de ceniza que formó una nube en torno suyo.
—¡Duck, aquí! ¡Aquí, Duck! —gritó el doctor.
Pero Duck desapareció sin hacerle caso. Se procedió entonces al desembarque; Clawbonny y sus tres compañeros saltaron a tierra, y amarraron sólidamente la falúa.
Altamont se disponía a encaramarse por un montón enorme de piedras, cuando a alguna distancia resonaron los aullidos de Duck con insólita energía. Aquellos aullidos no expresaban cólera, sino dolor.
—¡Escuchad! —dijo el doctor.
—¿Algún animal extraviado? —dijo el contramaestre.
—¡No, no! —respondió el doctor estremeciéndose—. ¡Estos aullidos son quejumbrosos! ¡Son un llanto! Allí está el cuerpo de Hatteras.