Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras A estas palabras, los cuatro viajeros se lanzaron en pos de Duck, en medio de las cenizas que les cegaban, y llegaron al fondo de una pequeña cala, de un espacio de 10 pies, en la cual las olas morÃan insensiblemente.
AllÃ, Duck aullaba junto a un cadáver envuelto en el pabellón de Inglaterra.
—¡Hatteras! ¡Hatteras! —exclamó el doctor precipitándose hacia el cuerpo de su amigo.
Pero prorrumpió luego en una exclamación que no es susceptible de expresarse.
Aquel cuerpo ensangrentado, exánime en apariencia, acababa de palpitar bajo su mano.
—¡Vivo! ¡Vivo! —exclamó.
—Sà —dijo una voz débil—, vivo, en la tierra del Polo, a la que me ha arrojado la tempestad. ¡Vivo, en la «isla de la Reina»!
—¡Hurra! ¡Por Inglaterra! —Gritaron de acuerdo los cinco hombres.
—¡Y por América! —repuso el doctor, tendiendo una mano a Hatteras y otra al americano.
También Duck gritaba hurras a su manera, que valÃa tanto como otra cualquiera.
Durante los primeros instantes, aquellos valientes no se entregaron más que a la alegrÃa de volver a ver a su capitán, y sus ojos estaban inundados de lágrimas.