Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Hablando así, Hatteras estaba dominado por una exaltación violenta, por una especie de calentura, y el doctor trató en vano de tranquilizarle. Sus ojos brillaban de una manera extraordinaria, y sus pensamientos hervían en su cerebro. Clawbonny atribuyó su estado de sobreexcitación a los espantosos peligros que el capitán acababa de arrostrar.

Hatteras tenía mucha necesidad de reposo, y se buscó un sitio a propósito para acampar.

No tardó Altamont en hallar una gruta formada de peñascos que, al caer, se habían colocado de modo que constituían una caverna. Johnson y Bell metieron en ella las provisiones y soltaron los perros groenlandeses.

A cosa de las once estuvo dispuesta la comida. La tela de la tienda sirvió de mantel, y la comida, compuesta de pemmican, de carne salada, de té y de café, estaba puesta en tierra y aguardando a los viajeros.

Pero antes Hatteras exigió que se levantase el plano de la isla, pues quería saber exactamente a qué atenerse respecto de su posición.

El doctor y Altamont tomaron entonces sus instrumentos, y obtuvieron por observación, precisando la posición de la gruta, 89° 59′ 15″ de latitud. La longitud, a aquella altura, no tenía la menor importancia, porque algunos centenares de pies más arriba, todos los meridianos se contundían.


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