Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Al anochecer, al trasluz de un claro de la niebla, se dejó entrever la costa de Groenlandia a los 37° 2′ 7″ de longitud. El doctor, armado de su anteojo, pudo por un instante distinguir una serie de picachos surcados por dilatados témpanos; pero la niebla se extendió rápidamente sobre la visión, como el telón de un teatro que cae a lo más interesante de la pieza.
El 20 de abril, por la mañana, el Forward encontró un iceberg que tendría ciento cincuenta pies de elevación, varado en aquel punto desde tiempo inmemorial, no pudiendo nada contra él los deshielos, que respetan, al parecer, sus extrañas formas. Snow lo ha visto; James Ross, en 1829, lo copió exactamente, y en 1854, el teniente francés Bellot, a bordo del Prince-Albert, lo distinguió perfectamente. Como era natural, el doctor quiso conservar la imagen de aquella montaña célebre, y sacó de ella un excelente bosquejo.

No es sorprendente que tan voluminosas moles encallen y, por consiguiente, se fijen invenciblemente en un punto, pues por cada pie que tienen fuera del agua tienen casi dos debajo, lo que da al iceberg a que nos referimos una profundidad de unas ochenta brazas[12].