Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Ni más ni menos —respondió el doctor—, porque hay que recorrer una distancia de treinta y ocho millones de leguas.
—¿Cuál es, pues, el peso del Globo terrestre? —preguntó Altamont.
—El Globo terrestre pesa cinco mil ochocientos ochenta y un cuatrillones de toneladas.
—¡Caramba! —exclamó Johnson—. ¡Esos números nada me dicen al oÃdo! ¡No los alcanzo!
—Por lo mismo, querido Johnson, voy a daros dos términos de comparación que os quedarán en la memoria. Procurad recordar que se necesitarÃan setenta y cinco Lunas para constituir el peso de la Tierra, y trescientas cincuenta mil Tierras para constituir el peso del Sol.
—¡Todo eso asombra! —dijo Altamont.
—DecÃs bien, asombra —respondió el doctor—. Pero volvamos al Polo, puesto que nunca habrá sido más oportuna una lección de cosmografÃa en esta parte de la Tierra, en el supuesto de que el cuento no os parezca fastidioso.
—¡Seguid, doctor, seguid! —dijo Altamont.
—Os he dicho —repuso el doctor, el cual tenÃa tanto gusto en enseñar como sus compañeros en instruirse—, os he dicho que el Polo era un punto inmóvil con relación a los demás puntos de la Tierra. Pues bien, lo que he dicho no puede ser enteramente exacto.