Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Ello es que no pudo dormir. Y, sin embargo, aquella primera noche, pasada en el polo del mundo, fue pura y tranquila. La isla estaba absolutamente inhabitada. Ni un pájaro en su atmósfera inflamada, ni un animal en su suelo de ceniza, ni un pez en sus aguas hirvientes. Solamente, a lo lejos, los sordos ronquidos de la montaña, sobre cuya frente se erizaban melenas de humo incandescente.
Cuando Bell, Johnson, Altamont y el doctor se despertaron, no hallaron junto a sà a Hatteras. Salieron de la gruta inquietos, y vieron al capitán en pie sobre una roca. Su mirada permanecÃa invariablemente fija en la cima del volcán. TenÃa en la mano sus instrumentos, y acababa evidentemente de fijar con toda exactitud la posición de la montaña.

El doctor le siguió y le dirigió varias veces la palabra antes de sacarle de su contemplación. Al fin, el capitán pareció comprenderle.
—¡En marcha! —dijo el doctor, que le examinaba atentamente—. ¡En marcha! Vamos a dar la vuelta alrededor de nuestra isla; todo está preparado para nuestra última excursión.
—La última —dijo Hatteras con esa entonación de voz caracterÃstica de los que sueñan en voz alta—. SÃ, la última, en efecto. ¡Pero también —añadió, con una animación suma— la más maravillosa!