Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Asà hablaba, pasando sus dos manos por su frente, para calmar la fermentación de su cerebro.
En aquel momento, Altamont, Johnson y Bell se le agregaron; pareció entonces que Hatteras salÃa de su estado de alucinamiento.
—¡Amigos mÃos —dijo con voz conmovida—, gracias por vuestro valor, gracias por vuestra perseverancia, gracias por vuestros esfuerzos sobrehumanos, que nos han permitido poner el pie en esta tierra!

—Capitán —dijo Johnson—, nosotros no hemos hecho más que obedecer, y a vos corresponde toda la gloria.
—¡No, no! —respondió Hatteras con el mayor entusiasmo—. ¡A vosotros todos, como a mÃ! ¡A Altamont como a todos nosotros, como al doctor mismo! ¡Oh! ¡Dejad que mi corazón se explaye en vuestras manos! ¡No puede contener su alegrÃa y su reconocimiento!
Hatteras estrechaba las manos de los valientes compañeros que lo rodeaban. Iba, venÃa, no era dueño de sà mismo.
—No hemos hecho más que cumplir con nuestro deber de ingleses —decÃa Bell.
—Nuestro deber de amigos —respondÃa el doctor.