Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Sà —repuso Hatteras—, pero este deber no todos han sabido cumplirlo. ¡Algunos han sucumbido! ¡Es preciso, sin embargo, perdonarlos, perdonar a los que nos han hecho traición y a los que se han dejado arrastrar a la traición! ¡Desventurados! ¡Les perdono! ¿OÃs, doctor?
—Sà —respondió el doctor, a quien la exaltación de Hatteras inspiraba serias inquietudes.
—AsÃ, pues —repuso el capitán—, yo no quiero que pierdan la pequeña fortuna que habÃan venido a buscar tan lejos. ¡No! ¡No modifico en lo más mÃnimo mis disposiciones, y serán ricos…, si regresan un dÃa u otro a Inglaterra!
DifÃcil era no conmoverse al oÃr el acento con que Hatteras pronunció estas palabras.
—Pero, capitán —dijo Johnson afectando buen humor—, cualquiera dirÃa que estáis haciendo vuestro testamento.
—Tal vez —respondió gravemente Hatteras.
—Sin embargo, tenéis delante una hermosa y larga existencia de gloria —repuso el viejo marino.
—¿Quién sabe? —dijo Hatteras.
A estas palabras siguió un silencio bastante largo. El doctor no se atrevÃa a interpretar el sentido de las últimas palabras del capitán.
Pero éste se hizo comprender luego, porque con voz precipitada, que contenÃa difÃcilmente, repuso: