Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras No había que esperar alcanzar al capitán. Había veinte posibilidades contra una de caer en el torrente por donde él había pasado con la buena fortuna y la destreza que es peculiar a los locos. Era imposible evitar aquel torrente de fuego e imposible también franquearlo. En vano intentó Altamont pasarlo. Estuvo próximo a perecer queriendo cruzar el río de lava, y sus compañeros tuvieron que detenerle a pesar suyo.
—¡Hatteras! ¡Hatteras! —Gritaba el doctor.
Pero el capitán no respondió, y sólo resonaron en la montaña los ladridos de Duck, apenas perceptibles.
Hatteras, sin embargo, se dejaba ver por intervalos entre las columnas de humo y los torbellinos de ceniza. Tan pronto aparecía uno de sus brazos como su cabeza. Después desaparecía y volvía a presentarse más arriba y agarrado a las rocas. Su talla disminuía con la rapidez fantástica de los objetos que se elevan en el aire. Media hora después, parecía ya reducido a la mitad.
Poblaban la atmósfera los sordos rumores del volcán; la montaña resonaba y roncaba como una caldera hirviendo; se sentía el estremecimiento de sus flancos. Hatteras subía incesantemente. Duck le seguía.